La donación TBA21 por Francesca Thyssen-Bornemisza
Ministros, distinguidos miembros del Patronato, querida familia, representantes de la prensa, colegas, queridos amigos:
He pasado la mayor parte de mi vida en salas repletas de arte y, sin embargo, este es uno de esos raros y felices momentos en los que no hay arte que me rodee, ¡solo personas que importan!
Gracias por vuestras amables palabras. Me siento profundamente honrada y emocionada.
El anuncio que hacemos hoy aquí es más que una donación. Es un paso más en un compromiso que mi familia ha mantenido, de una forma u otra, durante más de un siglo. Borja, Lorne y yo somos la cuarta generación de nuestra familia que se rinde a esta pasión. Mi hija Eleonore ya da muestras de una profunda sensibilidad hacia las artes. ¡Parece que lo llevamos en el ADN!
La pasión comenzó con mi bisabuelo, August, que visitó a Rodin para encargarle varias esculturas y se marchó con siete obras maestras, seis de las cuales están hoy en este museo. Mi abuelo Heinrich construyó la galería de la Villa Favorita, en Suiza, para albergar su extraordinaria colección de maestros antiguos. Cuando murió, por desgracia, la colección se repartió entre sus cuatro hijos, en contra de su voluntad de que permaneciera unida y mi padre, que entonces tenía solo veintiséis años, se quedó desolado ante los espacios vacíos en las paredes y ante la idea de verla dispersarse. Dedicó los cincuenta años siguientes a reunirla de nuevo, a través de marchantes, historiadores y restauradores, e incluso en alguna ocasión, de sacerdotes.
Gracias a mi madre se aproximó al Expresionismo alemán, más por necesidad que por elección —era lo que por entonces podía permitirse— y, más tarde, ese gusto se amplió hacia las Vanguardias y los Impresionistas, grandes maestros del arte moderno clásico, así como de la Escuela del Río Hudson. Construyó algo extraordinario por derecho propio. Fue en 1975 cuando mostró por primera vez en Alemania su colección de arte moderno. Y dio un paso más allá cuando organizó una exposición itinerante que viajó de Washington a San Francisco, y de allí a Australia, Nueva Zelanda y Japón. Así comenzó mi educación, viajando a su lado.
Más tarde, junto a Tita, que tanto lo animó a seguir coleccionando, llegó una época decisiva de diplomacia en plena Guerra Fría. Se negoció entonces un intercambio de exposiciones entre su colección privada y las colecciones estatales soviéticas, algo verdaderamente pionero. Se enviaron obras a Moscú, Leningrado y Kiev a cambio de obras maestras del Hermitage y las colecciones estatales del Pushkin. Fue un acto de diplomacia cultural que trascendió todas las fronteras precisamente en el momento álgido de la Guerra Fría: la expresión viva de su sueño de una paz universal.
Cada una de las generaciones de mi familia coleccionó a su manera. Mi padre me enseñó que una colección no es una posesión, sino una conversación con el mundo, es un bien que se tiene, brevemente, en custodia. Así lo defendió Tita cuando luchó por traer la colección a Madrid, por encima de las ofertas de Alemania, el Reino Unido y los Estados Unidos, una decisión que sus hijos respaldamos sin dudar un instante. La continuidad es, sin duda, el hilo que atraviesa esas maneras tan distintas de coleccionar de cada generación.
Pero cuando una familia ha construido antes que tú algo de esta magnitud, solo queda una pregunta honesta por hacer: ¿y ahora qué es lo próximo?
Mi respuesta la di en voz baja, hace ocho años, cuando este museo y TBA21 comenzaron a trabajar juntos en un programa de exposiciones a partir de la Colección TBA21. Fue tomando otro impulso en 2023 con Organismo, un programa experimental de investigación creado junto con el equipo del museo: artistas, científicos, académicos y comunidades de Madrid trabajando codo con codo, no para producir una exposición, sino prototipos tangibles de reparación ecológica, social y cultural. Esta relación mostró a ambas instituciones algo que ninguna habría podido imaginar por sí sola: que un museo puede ser un lugar donde los ciudadanos no solo miran el mundo, sino que trabajan sobre él, juntos.
Por eso mi sueño de hoy no es solo traer nuestra colección a este museo, sino darle un hogar a la altura de los aprendizajes de estas dos décadas de trabajo de TBA21: El Palacio de Hielo y del Automóvil, dormido durante veinte años, despertado de nuevo como una infraestructura cívica accesible para la ciudadanía de Madrid. Al casi duplicar la superficie de este museo, el nuevo edificio ofrece espacio no solo para más arte, sino para lo que un museo debería acoger, producir y ser hoy: encuentro y conversaciones, prototipos de futuros posibles y un público que se juega algo real en lo que ocurre dentro de sus muros.
TBA21 se creó como una institución para hacer exactamente esta labor. No es solo una colección. Ya en los dos primeros años de su existencia como fundación tomamos una decisión inusual: preferíamos trabajar con encargo de nuevas producciones y participar comisarialmente del proceso antes que adquirir una obra que ya existía. Esta es una forma completamente distinta de relacionarse con los artistas, y significa aceptar el riesgo de un experimento cuyo resultado puede no ser –ni para el artista ni para quien comisiona–, el que habían imaginado.
A lo largo de más de dos décadas, esa decisión se ha convertido en una práctica distintiva: encargos construidos a través de relaciones de años, y no de transacciones únicas. Colaboraciones a largo plazo con figuras como John Akomfrah y Ólafur Elíasson, Janet Cardiff y Joan Jonas, cuyo trabajo dialoga directamente con el momento presente, con la ciencia y con la política, desde un lugar donde los desafíos no son teóricos.
La colección del Museo es un registro de cómo Occidente vio en su día el mundo, a lo largo de siete siglos. TBA21 es un registro vivo de cómo el mundo se ve a sí mismo ahora, a través del pensamiento ecológico, el conocimiento oceánico, las cosmologías indígenas y las ecologías políticas. Con esta donación, ambos legados pasan a formar parte de una misma institución. No los veo fundidos en una única cronología uniforme. Preferiría mantenerlos en tensión.
Se lo debemos a nuestros hijos y nietos —tres de los míos están hoy aquí conmigo—, igual que este museo fue, en sí mismo, un compromiso intergeneracional cuando abrió sus puertas en 1992, hace casi treinta y cinco años. Si la generación de mi bisabuelo se preguntaba qué podía mostrarnos el arte sobre la belleza, y la de mi padre qué podía hacer el arte por la paz entre las naciones, la nuestra se pregunta qué puede hacer el arte para ayudarnos a imaginar nuevas formas justas de habitar juntos un planeta que cambia a toda velocidad.
Estoy profundamente agradecida a todo el equipo de TBA21, y sobre todo a nuestros directores, Rosa Ferré y Markus Reymann, que han trabajado incansablemente para llevar este proyecto hasta donde hoy se encuentra. Quiero dar las gracias también, de manera especial, a Daniela Zyman, que ha sido fundamental en la construcción de la Colección TBA21 y ha acompañado a la fundación desde el primer momento; así como a Chus Martínez, clave en nuestra presencia y aterrizaje en Madrid. Gracias a todos los demás comisarios que han trabajado con TBA21 a lo largo de los años y han contribuido a la mirada singular de nuestra colección.
Y, muy especialmente, a todos los artistas con los que hemos tenido el privilegio de trabajar a lo largo de estos años. Gracias.
A Evelio Acevedo y Guillermo Solana, cuyo espíritu de colaboración durante estos siete años no ha conocido límites. Al Ministro de Cultura, Ernest Urtasun Domènech, y al Secretario de Estado, Jordi Martí Grau, por su confianza y su visión. Y al Ministro de Hacienda, Arcadi España García, ya solo por plantearse ceder el espacio de ese Palacio de Hielo que se despierta, y que está a punto de reintegrarse en el tejido cultural y social del barrio y de la ciudad.
Por último, mi familia, a la que quiero profundamente. Mis padres, cuyo septuagésimo aniversario de boda se celebra mañana. Mis hijas, Gloria y Eleonore —esta última con mi tercera nieta, Cosima—, prueba de que esto también es tradición familiar. Mis hermanos: Lorne, que no ha podido estar aquí, y Borja, con su esposa, Blanca, cuyo apoyo ha sido sincero y firme en todo momento. Y Tita, que ha dedicado la mayor parte de su vida a este museo y sin la cual ninguno de nosotros estaríamos hoy aquí.
Gracias.
—Francesca Thyssen-Bornemisza
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