Despacho de investigación desde la laguna de Venecia: perderse en la escala

Klara Kofen, artista residente de TBA21–Academy en Venecia

Foto: Klara Kofen, Venecia, 2026.

Venecia, junio de 2026

¿Qué es un gemelo digital? En menos de un mes quizá puedas entender mejor lo que no es. No es una simulación. No es un modelo. No es un modelo del mundo… pero es un modelo. Quizá sea un modelo capaz de sincronizar temporalidades dispares: los precios de la vivienda, las mareas o la velocidad a la que se degradan las barreras naturales frente a las inundaciones. Quizá sea un modelo vivo que permite ensayar escenarios hipotéticos. Quizá proporcione la infraestructura necesaria para una política europea de datos verdaderamente transnacional, capaz de distribuir recursos de manera equitativa entre las distintas regiones costeras. O quizá un gemelo digital no sea más que el intermediario computacional más sofisticado jamás construido.

 

Dentro de diez años existirá un gemelo digital de un metro cúbico del mar Mediterráneo. En él estarán registrados cada organismo de zooplancton y fitoplancton, cada tortuga, cada microplástico, cada mineral disuelto y todas las interacciones entre ellos. Un fragmento de océano cuyo valor residirá, por una vez, en su totalidad. Quizá.

 

El océano es una alteridad difícil de comprender. Pero también lo son los mecanismos de influencia política y económica. Y me pregunto si, como parte interesada, no encontraría más fascinante observar las turbulencias micro y macro del capital disputándose ese metro cúbico de mar que descubrir cómo viven y mueren las tortugas que lo habitan. Porque, al fin y al cabo, los agentes no humanos no son quienes toman las decisiones, aunque a menudo suframos sus consecuencias. Tomar decisiones y tener capacidad de acción no son necesariamente la misma cosa.

 

¿Es ese el objetivo? ¿Hacer visibles y transparentes las múltiples turbulencias multimodales del mundo? ¿Qué importancia tiene para mí la transparencia de los datos si la decisión de instalar un parque eólico en una zona marina protegida pudo depender, en última instancia, del mal humor con el que un responsable político se despertó aquella mañana? Quizá deberíamos modelizar también las emociones de quienes toman decisiones.

 

¿Podemos abandonar la idea de que el arte debe provocar asombro para impulsar la acción? ¿Y qué entendemos exactamente por asombro? Imagino a los espectadores de un teatro del siglo XVII observando cómo el agua ascendía mecánicamente sobre el escenario; contemplando mecanismos en espiral y cubiertas metálicas que brillaban con una intensidad casi irreal bajo la luz vacilante de las velas, viendo descender una nube desde un cielo pintado mientras un trueno de metal hacía temblar el teatro. Todo estaba vivo. Todo estaba en movimiento. Quizá eso bastaba para producir asombro. Me dicen que diversos estudios científicos han demostrado que la experiencia del asombro favorece comportamientos más comprometidos con la crisis climática. También se afirma, en otros contextos, que hacer visible un problema basta para generar acción. La famosa fotografía Earthrise y las décadas que siguieron parecen cuestionar seriamente esa idea.

 

Un neurocientífico que trabaja en la intersección entre arte y comunicación científica me asegura que los contrafactuales funcionan. El ejemplo que utiliza, curiosamente, no es un contrafactual, sino un cambio de perspectiva: contar la historia de Caperucita Roja desde el punto de vista del lobo.

 

 

Klara Kofen es la artista residente de TBA21–Academy en Venecia durante 2026. Esta edición cuenta con el apoyo de la iniciativa TIDAL ArtS, financiada por la Unión Europea. Artista multidisciplinar, trabaja con performance, instalación, cine, sonido y escritura. Su práctica explora distintas formas de historia (especulativas, contrafactuales, reales e imaginadas) y analiza cómo las interfaces tecnológicas transforman nuestra relación con el tiempo, la emoción y la experiencia. Su proyecto de residencia, In Counterfactual Waters, investiga las múltiples vidas pasadas, presentes y futuras de la laguna de Venecia (como ecosistema, archivo colonial, cuerpo industrial y frontera climática) a través de las posibilidades y limitaciones computacionales y epistemológicas del Gemelo Digital del Océano desarrollado por la Unión Europea.