Guía de la exposición

Texto de Ana Folguera

 

 

 

La (otra) educación física

PROPUESTA DE MEDIACIÓN

 

 

Piensa en el susto, y fíjate en el plexo solar: ¿se contrae? 

Ahora la columna vertebral: ¿se arquea hacia dentro?

La respiración se corta y la voz se quiebra. Algo se queda congelado.

 

¿Qué sucede con la violencia unos minutos después? ¿Qué huellas deja en el cuerpo?

 

Preguntas:

 

El cuerpo como primer archivo

 

Antes de mirar, escucha tu cuerpo.

● ¿Qué ocurre en tu plexo solar cuando piensas en el susto?

● ¿Tu respiración cambia frente a ciertas imágenes?

● ¿Puedes identificar una postura corporal asociada al miedo o a la alerta?

● ¿Qué huellas deja una experiencia violenta minutos después? ¿Horas después?

¿Años después?

● ¿Es posible que el cuerpo recuerde lo que la conciencia intenta olvidar?

 

Clave conceptual: Si el trauma significa “herida”, ¿dónde se inscribe esa herida cuando no es visible?

 

La guerra no es solo un medio de dominación política, sino también una forma de adiestramiento a largo plazo. Un cierto tipo de educación física que permanece en el cuerpo.

 

En Occidente la entendemos como una serie de acontecimientos puntuales que desaparecen inmediatamente. Consumimos imágenes bélicas sin reparar en que estas tienen una duración, un desarrollo y unas consecuencias arraigadas en el tiempo. Y en la subjetividad.

 

La guerra, en fin, va más allá de la Historia política en mayúsculas que hemos aprendido: se escribe y entrelaza en los cuerpos. En todos los momentos convulsos del pasado se quedó la rigidez del trauma (cuya etimología significa en griego  “herida”). Una tensión muscular que vuelve a reestructurar la subjetividad a partir de la pérdida y el duelo.

¿Y si la historia del mundo no es una secuencia de períodos temporales, sino el archivo escondido del dolor?

 

Preguntas:

 

Guerra como adiestramiento: más allá del acontecimiento

 

● ¿Percibes la guerra como un evento puntual o como un proceso prolongado?

● ¿Qué cambia en una sociedad cuando la amenaza se vuelve permanente?

● ¿Podría la guerra funcionar como una forma de “educación física” involuntaria?

● ¿Qué gestos, hábitos o tensiones corporales podrían formar parte de ese

aprendizaje forzado?

● ¿Qué significa pensar la historia como un archivo del dolor más que como una cronología de fechas?

 

Ese es el punto de partida para los artistas ucranianos Yarema Malashchuk y Roman Khimei. En The Wanderer (2022) los artistas imitan en los Cárpatos a los soldados rusos caídos en la reciente invasión a Ucrania. ¿Dónde colocar la mano y la mejilla cuando te has desplomado sobre una roca? ¿Cómo cambiar el eje entre la rótula, el pie, la costilla?  Imitar una postura exacta no es fácil, y tampoco volver a reconstruir el pasado. Dice el investigador André Lepecki que el hecho de recrear acontecimientos (lo que se llama en performance contemporánea “reenactment” o recreación) no tiene que ver con una mirada nostálgica. El autor propone verlo como la capacidad de identificar en una obra pasada «campos todavía no agotados de posibilidades impalpables». De hecho el título de la obra del colectivo ucraniano alude por un lado a lo sublime como categoría de la tradición artística norteeuropea, pero, sobre todo, a la investigación corporal sobre la iconografía de la guerra. Aquí los artistas bajan a tierra la idea romántica de los muertos en combate y de la colonización del paisaje. Ya no hay supremacía moral del individuo sobre la naturaleza, sino que esta misma asiste con ironía a cierta teatralización de la épica. El heroísmo se vuelve coreografía. La imagen bélica estereotipada  – aprendida por gestos en este caso como en una partitura – se sustituye por el devenir lento y real de unos cuerpos en la nieve o en la roca.

 

Preguntas:

 

The Wanderer

 

● ¿Es esta recreación un gesto nostálgico o una forma de investigación?

● ¿Qué relación se establece aquí entre paisaje y conflicto? ¿Hay colonización simbólica del entorno?

 

Observa:

¿Hay teatralidad? ¿Hay ironía? ¿Qué desaparece cuando el gesto se ralentiza?

 

 

En esta línea del retorno como experimentación, en la obra Open World (2025) hay un regreso, pero atravesado por la tecnología y por la distancia traumática de un exilio forzado. 

 

Yaroslav es un adolescente que huyó de la ciudad ucraniana de Zaporizhzhia. Actualmente vive en Polonia. Utilizando un perro robotizado de uso militar, regresa de manera virtual a su ciudad de origen. Una de las preguntas más complejas del exilio es: ¿cómo volver a habitar desde la memoria los lugares que formaron parte de nuestra vida? El colegio vacío; el perro Buffy durmiendo al sol, en un barrio donde ahora solo anidan las serpientes. Jonik, el gato gordito y peludo, esperando en el sofá de casa.  El tacto y el con- tacto insustituible de la piel, el pelo, la madera.

 

En la arena del descampado, de repente, aparece una niña sonriente que quiere jugar a echar una carrera. En este sentido es curioso cómo la juventud puede transitar entre las emociones más abrumadoras y la capacidad de ironizar sobre ellas. En su cuarto vacío, cuando le preguntan si siente nostalgia al ver su casa, Yaroslav dice: «Ahora que la he visto, ya no».

 

¿Ese sarcasmo es real, o se trata de una defensa? ¿Es el frío de la tecnología? ¿Es la tecnología del frío? ¿Es la anestesia ante el dolor? Fíjate en esa palabra: “anestesia”. La etimología quiere decir «falta de sensación». Diariamente vemos tantas imágenes relacionadas con la violencia que parece que la única forma de mantener el interés es subir la intensidad para encontrar ese nuevo “reparto de lo sensible” del que hablaba el filósofo Jacques Rancière. En esta exposición Yarema Malashchuk y Roman Khimei nos proponen algo diferente. Se trata de dar la vuelta a la expectativa.

 

Preguntas:

 

Open World

 

● ¿Qué significa volver a un lugar a través de una máquina?

● ¿La tecnología enfría la emoción o la hace soportable?

● ¿El sarcasmo de Yaroslav es una defensa, una anestesia o una forma de

resiliencia?

● ¿Qué pierde el cuerpo cuando el regreso es virtual?

● ¿Puede la memoria habitar un espacio sin tacto?

 

Detente en la palabra “anestesia”:

¿Estamos insensibilizados por la repetición de imágenes violentas?

¿Necesitamos más intensidad para sentir algo?

 

 

You Shouldn't Have to See This (2024) nos envuelve en el rosa algodonado de unos niños durmiendo. Pero como en toda ensoñación hay algo muy inquietante. Estos niños fueron secuestrados en territorio ruso y posteriormente devueltos a sus casas en Ucrania. Estamos viendo lo que debería ser un acto cotidiano y, sin embargo, aquí se convierte en algo extraordinario, también catártico por una sensación de alivio. ¿Qué habrán vivido estos niños? ¿Qué consecuencias tendrá?¿Podrán dormir fácilmente dentro de unos años? ¿Podrán volver a confiar en alguien?  Quizá el bienestar es dar por hecho la placidez de los gestos cotidianos sin considerarlos un privilegio. La cabecita en la almohada, las manos relajadas. Entrar en casa. En este sentido podemos retomar algo a lo que apuntaba el filósofo Didi-Huberman cuando hablaba del doble origen de la palabra “tendresse”  en francés, que quiere decir «tensión y ternura» . Eso es lo que sentimos en esta sala. Tensión y ternura respecto a una situación que ni siquiera nosotros sabemos cómo procesar. 

 

Les dejamos dormir. Tratar algo con cariño, hoy más que nunca, es mantener una distancia cuidadosa. 

 

Preguntas:

 

You Shouldn’t Have to See This

 

● ¿Por qué algo tan cotidiano como dormir se vuelve extraordinario aquí?

● ¿Qué tensión percibes bajo la imagen de ternura?

● ¿Qué historias invisibles acompañan estos cuerpos en reposo?

● ¿Podrá el sueño seguir siendo un gesto inocente después del secuestro?

● ¿Qué significa cuidar una imagen? ¿Mirar también puede ser una forma de

responsabilidad?

 

Piensa:

¿La ternura puede contener violencia latente?

 

Se trata, quizá, de recuperar el cuerpo como un espacio de autonomía y libertad. En la obra We didn’t start this war (2026) se alude a la vida cotidiana en Ucrania bajo la amenaza constante de la invasión rusa. Pero aquí no veremos escenas sangrientas sino, precisamente, lo inquietante de una ciudad que sigue funcionando. Las calles repletas de gente, una abeja que revolotea; la atención que queda suspendida y luego se vuelve a desplegar.

 

Uno de los aspectos más peligrosos de cualquier experiencia traumática es hacer como que no ha pasado nada. En el siglo XXI nos encontramos con una paradoja: convivimos con el miedo manteniendo una supuesta cotidianidad inalterable que está repleta de tensión. Un duelo silencioso que no termina de ser canalizado. La obligación de mantener una rutina desvitalizada como si fuera una tabla de gimnasia. En esta (otra) educación física que estamos recibiendo, ¿será posible dejar/dejarse/dejarnos en paz? 

 

Ana Folguera

                                        

Preguntas:

 

Cierre del recorrido: ¿es posible “dejarnos en paz”?

 

● ¿Qué ha cambiado en tu cuerpo desde que comenzaste el recorrido?

● ¿Has identificado alguna tensión que antes no percibías?

● ¿Te sientes más cerca de las imágenes o más distante?

● ¿Qué significa recuperar el cuerpo como espacio de autonomía?

● En esta “otra educación física”, ¿qué desaprender sería necesario?