Regalos para sellar una Alianza Sagrada por el Océano
Crónica del intercambio cultural entre comunidades indígenas de las islas del Pacífico y de Jamaica por datejie cheko green
19 de julio de 2026, Portland, Jamaica
Inclinándose para susurrar al oído de su hija pequeña, la Kasikeiani (jefa) taína Ronalda Pairman le transmitió con delicadeza una enseñanza ancestral que compartió también con el círculo de invitados que presenciaba la histórica ceremonia celebrada el 19 de julio en Charles Town Maroon Village, en Portland, Jamaica.
“Cuando haces un regalo, tienes que explicar qué significa y por qué lo entregas”, declaró.
Kasike-Rahuto Tanama-Areyto, de ocho años, escuchó a su madre, hizo una pausa y se preparó con cuidado para ofrecer su obra de arte.
En el Asafu Yard, representantes del pueblo taíno Yamaye Guani (Colibrí) y de cuatro comunidades maroon se reunieron por primera vez con una delegación de los Kanaka ʻŌiwi, el pueblo indígena de Hawái. Todos llevaron agua recogida en ríos, lagos y arroyos de Hawái y Jamaica, junto con agua de los océanos Pacífico y Atlántico. Estas aguas serían ofrecidas durante una ceremonia tradicional para honrar el encuentro y consagrar su nueva Alianza Sagrada por el Océano.
El Kasike (jefe) Kalaan Kaiman y la Kasikeiani Ronalda inauguraron la ceremonia con una bendición de tabaco pronunciada en la lengua indígena taína del Caribe y de la región atlántica. A continuación, el llamado ancestral del Kasike a las cuatro direcciones sagradas situó a los presentes en un marco compartido de lugar, tiempo, propósito y pertenencia.
Los tres representantes de Hawái (el venerado anciano de la isla de Lanaʻi Solomon “Uncle Sol” Pili Kahoʻohalahala; Edwin “Ekolu” Lindsey III, de Maui; y la doctora Brittany Lehua Kamai, de Oʻahu) interpretaron cantos sagrados (oli) en lengua hawaiana. Compartieron relatos sobre sus pueblos, su historia y la manera en que su relación con el continente oceánico del Pacífico los vincula con todas las formas de vida: desde las criaturas y las energías que habitan las profundidades marinas hasta las olas, las corrientes, las canoas tradicionales, los sistemas meteorológicos y las estrellas.
El sonido de la caracola del Pacífico, en manos de la doctora Kamai, se unió al de la caracola caribeña de Kasike Kalaan y a la melodía del abeng, el tradicional cuerno de vaca maroon, llevado por primera vez a Jamaica desde Ghana por sus antepasados a través del Atlántico, interpretada por el capitán maroon Rodney Rose y el maestro artesano Valentine “Koda" McLean.
Juntos invocaron al Creador, a los ancestros, a la comunidad y a sus aliados para que acompañaran y protegieran el trabajo que tenían por delante.
Cuando llegó el momento del intercambio de regalos, la joven Tanama-Areyto eligió a la doctora Kamai como destinataria de una obra que mostraba una tortuga marina verde nadando en aguas azules, realizada con cuentas brillantes cosidas sobre lienzo. Al entregársela, explicó: “Todos tenemos que proteger el mar... porque, si no empezamos a hacerlo, no tendremos un mundo donde vivir”.
El gesto de la niña abrió la ceremonia de intercambio de presentes, una tradición concebida para expresar buena voluntad y sentar las bases de la confianza entre culturas, lenguas, comunidades y generaciones. Se intercambiaron aceites artesanales, cuencos, adornos e instrumentos. También se ofreció y recibió con solemnidad el Kumulipo, el canto de la creación del pueblo indígena de Hawái, traducido por primera vez al inglés por la reina Liliʻuokalani.
Markus Reymann, codirector de la fundación internacional de arte y acción política TBA21, entregó un abeng tallado a la delegación jamaicana y otro a la delegación hawaiana como símbolo del compromiso de la fundación de seguir acompañando y aprendiendo junto con estos pueblos custodios del océano. Ambos cuernos, elaborados a partir de un mismo animal, fueron elegidos para representar la unidad inherente entre los pueblos de ambos océanos: un solo cuerpo comprometido con el cuidado del mar y capaz de llamarse mutuamente en este camino compartido como familia indígena.
Gaa Mang Gloria “MaMa G” Simms, líder espiritual y reina suprema de los Maroons de la Diáspora, reunió en una única yabba (una vasija tradicional de barro) todas las aguas dulces y marinas ofrendadas y pronunció una bendición.
"Wata (el espíritu del agua) guarda la memoria. Puedes depositar en ella tu intención. Wata es vida. El agua fluye. Tiene una fuerza inmensa, aunque parezca tan serena”, dijo MaMa G. “No encuentra obstáculos. Siempre encuentra el modo: pasa por debajo, por encima o a través de ellos”.
La anciana invitó después a todos los presentes a acercarse a la yabba y dirigirle unas palabras: “Mientras pensamos... depositamos hoy en el fluir del agua nuestra imaginación, nuestra mente y nuestra intención, porque esta agua es la razón, la misión y el propósito que nos ha reunido aquí”.
Uno a uno, mientras MaMa G y los representantes maroon cantaban y tocaban tambores en un diálogo de llamada y respuesta, invitados y miembros de la comunidad fueron acercándose para susurrar sus palabras al interior de la vasija. Después, en procesión, caminaron hasta el río Charles Town, donde MaMa G ofreció miel y fruta a Mami Wata, el espíritu del agua, vertió las aguas sagradas de la yabba en la corriente y bendijo su viaje hacia el mar Caribe.
La ceremonia continuó con la plantación de un árbol dirigida por MaMa G. Para ello se eligió un vástago del árbol del pan de la comunidad de Charles Town, cuyo ejemplar original había sido destruido el año anterior por el huracán Melissa.
Conocido como ʻulu en Hawái, el árbol del pan tiene su origen en Tahití y, con el paso de los siglos, su fruto se ha convertido en un alimento fundamental allí donde ha sido cultivado. Las delegaciones indígenas y quienes las acompañaban bendijeron el joven árbol esparciendo alternativamente polvo de bissy (nuez de cola), canela y cacao, además de hojas secas como abono. Cuando el árbol fue colocado en la tierra, la doctora Kamai rindió homenaje a esos vínculos entre el Pacífico y el Caribe con una danza tradicional de la isla tahitiana de Raʻiātea, invitando a los presentes a sumarse. Al finalizar la danza, los participantes fueron turnándose para derramar y rociar sobre el árbol el agua bendecida, con el deseo de favorecer su nueva vida y honrar la interdependencia entre la tierra y el mar como un hábitat indivisible y una responsabilidad compartida.
Por datejie cheko green